El
día miercoles 4 de junio en San Cristóbal de Las Casas un
grupo de alrededor 30 mujeres realizaron un escrache público
contra de un agresor sexual.
9
de junio de 2008
Francisco
Ciavaglia, dicho Pancho, ha llegado a Chiapas hacia tres
meses para trabajar como fotógrafo independiente. Desde su
llegada varias fueron las mujeres que se sintieron agredidas
por su actitud, dos de ellas optaron por irse de la ciudad.
A raíz de todo esto un grupo de alrededor de 30 mujeres
empezamos a reunirnos y a reflexionar sobre cuánto la
violenca de género hacia nosotras sea un hecho real y
constante, invisibilizado, para nada reconocido (màs bien
minimizado) e incluso favorecido, hasta en los mismo
espacios activistas en los que nos movemos y pretendemos
construir prácticas antiautoritarias y libres de cualquier
forma de discriminación.
De nuestras reflexiones salió el escarche, y una carta (que
sigue) en la que definimos nuestra idea de violencia.
Carta
abierta a los hombres, compañeros o no, agresores o no
Aunque
nos parezca absurdo tener que aclarar lo que nosotras
comprendemos como violencia de género, pecibimos la
necesidad de hacerlo. Primero porque varios casos han pasado
y siguen pasando en nuestro círculo activista, donde
supuestamente todos y todas luchamos, entre ontra cosas, por
la equidad entre hombres y mujeres. Segundo, la definición
jurídica de violación es damasiado estracha para abarcar
todas las agresiones que sufrimos cotidianamente como
mujeres.
La violencia sexual es cualquier acción que no respete y
que va en contra de nuestros deseos y voluntades. No importa
el “nivel”: todas, violaciones, amenazas, abusos
verbales y físicos, son iguallmente graves, aunque unas
sean más directas que otras.
Un no siempre significa no. Afirmar lo contrario es no
respetarnos como personas que pensamos y sentimos, y que,
más que todo, sabemos lo que pensamos, sentimos y queremos.
Una relación consentida no quiere decir que se consienta
todo. Aunque decidamos estar con alguien, siempre tenemos el
derecho de decidir hasta donde queremos ir y qué queremos o
no hacer. Tenemos este derecho porque somos personas, y no
simplemente cuerpos a disposición de deseos y voluntades.
También es violencia cuando nos desvalorizan, nos
disminuyen, nos tratan como niñas. Es violencia por
aprovecharse de una condición social injusta y absurda,
para intentar mantenernos sometidas y ejercer un poder
también absurdo, con la idea de manipularnos para hacer lo
que quieren ustedes, y no lo que queremos nosotras.
Como dueñas de nuestros cuerpos podemos vestirnos como
queremos y la ropa que usamos no dice nada sobre el tipo de
relación que queremos establecer con ustedes. No quiere
decir que estamos provocando y tampoco les da el derecho de
invadir nuestros espacios, a chiflarnos o a gritarnos en la
calle.
También es una violencia que, después de sufrir una
agresión, tenemos que demostrarla y convencer a la gente de
lo que nos ha pasado, y aún así haya gente que no nos
cree. Es una violencia porque es ocultar nuestra voz, no
escucharla.
Optar por ignorar, no querer ver, no tomar posición y hasta
aliarse con un agresor es también pactar con la violencia,
porque es no considerar nuestra lucha diaria por ser dueñas
de nustros cuerpos como prioridad, como una lucha tan
importante como todas las otras en las que estamos.
Pensamos en escribir todo esto porque vemos que la violencia
es mucho más sutil y subjetiva de lo que generalmente se
considera como tal. Escuchar la voz de quien sufre, en
distintos niveles, cotidianamente, es el primer paso para
cambiar. El segundo paso es respetarla. Solo así se puede
construir el mundo que queremos, en todos los espacios, sin
separar el público del privado y sin mantener las
opresiones contra las cuales luchamos.