“Para
hombre ya estoy yo”: masculinidad lésbica
Por Mabel Bellucci
Fuente: Indymedia
En su último libro, la
antropóloga Andrea Lacombe explora un terreno habitualmente ignorado
en el estudio de las sexualidades. El trabajo complejiza la noción de
masculinidad y los modos de ser lesbiana.
De qué se habla cuando
se habla de masculinidades de mujeres? ¿Qué ocurre cuando las
masculinidades se producen fuera del cuerpo de los varones? ¿Cómo
considerar una imagen de mujer que, sin pensarse como hombre,
extrapola los límites establecidos para “ser mujer”?
Desde estos interrogantes y muchos otros se inscribe el libro “Para
hombre ya estoy yo. Masculinidades y socialización lésbica en un bar
del centro de Río de Janeiro”, de Andrea Lacombe, editado por
Antropofagia junto con el Centro de Antropología Social del Instituto
de Desarrollo Económico y Social.
Esta antropóloga se lanza a explorar un campo deshabitado en los
estudios de las sexualidades: las masculinidades lésbicas. Con esta
línea de investigación se propone, por un lado, complejizar la
noción tradicional de masculinidad y, por otro, los modos de ser
lesbiana.
“Para hombre ya estoy yo” toma el concepto de masculinidad como
una categoría teórica y alternativa de su sentido unívoco y
hegemónico (hombre blanco, heterosexual, de clase media y de países
centrales). Así, hace visible otros talantes y modelos de
comportamientos masculinos tanto en hombres como en mujeres.
Andrea Lacombe elige, entonces, este camino para introducir las
acaloradas discusiones en torno de los diferentes estilos de
apropiación de los sujetos sobre su sexualidad. Ese es un modo de
intentar la desnaturalización de las concepciones imperantes ya sea
de género y sexo como de heterosexualidad y homosexualidad.
Su foco de trabajo se centra en una forma particular de sociabilidad
por parte de un grupo de lesbianas en ese reservorio de la más pura
cepa masculina tradicional como es el bar y toma como caso el Flor do
André. El mismo no presenta mayores diferencias con cualquier lugar
de bebidas en el centro de Río; no obstante, a partir de un momento
comienza a ser concurrido día a día por lesbianas y los hombres
pasan a ser minoría junto con esporádicas visitas de gays y
travestis.
En este espacio, las mujeres retratan su estética emergente y, sobre
todo, su régimen de enunciación: usan calzoncillos, se tocan la
entrepierna para acomodarse un bulto imaginario y, a la vez, se
maquillan y mantienen su cuerpo depilado. De esta manera, se rompen
algunos estereotipos mientras se refuerzan otros con respecto a cómo
debe verse una lesbiana. Y es allí donde Lacombe dibuja detenidamente
los modos en que ellas conviven, se divierten, se visten, aman y
pelean dentro de ese territorio tan reducido como es el bar.
El Flor do André aparece entonces como una inversión en la cual las
mujeres son las que marcan las rutinas, ocupando una posición
dominante en cuanto a la apropiación del local tanto en su carácter
espacial como simbólico.
Sus parroquianas son personas de mediana edad, de bajos ingresos o
desempleadas, de escasa educación y que están fuera del mundo
público lésbico hegemónico, inscribiéndose en las periferias. No
suelen frecuentar otros lugares; por lo tanto, son asiduas
concurrentes también por estar a pasos de sus casas.
Pronto se descubre que Flor do André remite a un sentimiento de
referencialidad fuerte para estas mujeres que prefieren
autodenominarse “entendidas” y no lesbianas. No es antojadizo el
corrimiento entre uno y otro término: la nominación “lesbiana”
forma parte del discurso activista mientras que “entendidas”
sería un equivalente a la vieja expresión “ser del ambiente”,
pertenecer a un grupo determinado. Al respecto, Lacombe dice: “Me
parece mejor hablar de masculinidades de mujeres, ya que las clientas
del Flor do André continúan identificándose como mujeres
entendidas, desusando la palabra ‘lesbiana’, y con sus prácticas
colaboran en quebrar la binariedad compulsiva que implica la
utilización de hombre y mujer”.
Por último, “Para hombre ya estoy yo” realza los matices en la
búsqueda de las pequeñas diferencias a cambio de las oposiciones
dicotómicas o analogías especulares, como una tentativa de demostrar
la condición versátil y mutable de las categorías analíticas.
|