El muerto se fue de
rumba (O una de las formas de pensar el Coming Out)
Fuente: Indymedia.
Por reenvío anred
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"Salir del
clóset" o asumirse abiertamente como lesbiana, gay o bisexual es
un proceso que cada persona vive de manera diferente. En este
artículo el autor analiza los prejuicios y miedos que se ponen en
juego a la hora de afrontar esa "salida".
Por Christian Ramos.
Por ANRed - Sur
Miedos, frustraciones,
desvalorizaciones, (auto)mentiras y toda una historia de
imposibilidades y sueños más o menos realizados y por realizarse
suelen confluir en el sujeto al momento de dar ese paso que le
cambiará la vida para siempre, el coming out. Este concepto proviene
de la voz inglesa "come out of the closet" que en castellano
se traduce como "salir del armario". A fin de echar luz
sobre esta idea -y sobre la persona que sale de la oscuridad-
considero que es fundamental analizar tanto la imagen de salida, de
apertura de puertas y de regeneración de espacios como el por qué se
piensa en un closet o armario. Es parte del folklore popular el dicho
"Todos tenemos un muerto en el placard". Si lo relacionamos
con la idea de salir del closet, entonces podemos pensar a ese muerto
como todo aquello que queremos esconder, que no es dable hacer
circular, que no se puede decir, mostrar o desarrollar. La superación
de la clandestinidad, es decir dotar al muerto de vida, ponerlo a la
luz, desenterrarlo, es la labor que se encara en este complejo proceso
de salida del closet. El tránsito de lo "indecible", de lo
"indecente", de lo "moralmente peligroso", en el
sentido de la dupla prohibición - castigo, es lo que desestabiliza
los lugares comunes que son aquellos construidos socialmente como
seguros por ajustarse a las normas imperantes y, por lo tanto,
permiten acceder a determinados territorios de legitimidad. Lo más
valioso de este proceso en que aflora todo lo que fue escondido, en
que la persona presenta su sexualidad como única en una trama de
sexualidades imposibles de clasificar en un único polo como lo
pretende la sociedad, es que se puede generar un crecimiento dado a
partir del reconocimiento y la aprehensión de lo que estaba bien
guardado, como por ejemplo una determinada manera de vivir trunca por
no poder correrse del lugar de víctima y victimario por salirse de la
norma.
Ese tránsito que vale
la pena transcurrir, ese proceso también es reflejado claramente en
este concepto si se pone de relieve que "Coming out" of the
closet es un gerundio, es decir una acción en transcurso, que
significa "saliendo del armario". Es un devenir siendo que
queda en evidencia. Una noción de recorrido en constante movimiento
impone el riesgo de no poseer ni un punto de partida ni de llegada
fijo ni establecido. Así se produce una ruptura de los lugares
comunes que es el punto más productivo de la cuestión, si se
contrapone el encierro del armario con la eterna circulación de un
proceso de salida que se sabe infinito porque las luchas, las
conquistas, las puertas y las llaves que quedan por abrir se hacen
presentes en tanto cada relación interpersonal exige una
reconfiguración de los parámetros sociales que trae cada sujeto como
bagaje. Así es que el coming out empieza por aquel que estaba
encerrado en el closet y prosigue por todos aquellos que deben poner
en tránsito sus propios prejuicios y miedos para enfrentarse con la
diversidad del otro, como los padres, amigos, familiares, compañeros
de trabajo, etc. Lo infinito, en este sentido, es el camino y también
la posibilidad de andarlo paso a paso. Si pensamos que nuestro muerto
salió del placard y ahora está andando por el mundo podemos decir
que ha seguido tantos caminos como personas se decidan a hacer su
propio recorrido y tantos ritmos como cada uno pueda asumir. Así, el
muerto se va de rumba o de cualquier posible movimiento que pueda
crear, como tantas personas pueden irse con su música a otra parte.
La mayor complejidad de
este proceso reside en que cada persona debe trabajar sobre sí misma
para expresar su propia diferencia e integrarla con su totalidad
subjetiva, es decir lo que cada uno construye como "su
mundo" y de esta manera circular. Pensando el coming out como la
declaración pública de una sexualidad diferente y su correspondiente
ejercicio, se reconoce que se cuestiona la propia imagen frente a uno
mismo y a los otros, lo que genera una pérdida de los lugares
conocidos (con sus correspondientes ventajas y desventajas) y también
permite trocar la pulsión de muerte o tánatos que generaba la
podredumbre del placard, por una pulsión de vida, libido o ejercicio
del deseo propia de un sujeto que busca y construye paso a paso su
camino. Al abandonarse la pulsión de muerte, entonces la podredumbre
es lo que se deja atrás en función de la vitalidad deseante que
significa ejercer el amor. Estas cuestiones generan una doble faz
complicada ya que por un lado, se pierde el lugar de siempre, el
mediano reconocimiento que recibimos del otro (generalmente pagado con
creces) y por el otro lado, se presenta una verdadera incertidumbre,
teñida de pánico, por lo que va a venir. El momento de coming out es
a veces casual, a veces buscado, otras sorpresivo, explosivo,
violento, intimista, de confesión, de protesta, de grito, o de mil
variantes como personas lo recorren.
Este recorrido, traslado
o transición de un sujeto encerrado, aislado o en el closet a un
sujeto que abre esas puertas, que supera las trabas provenientes del
afuera y del adentro de sí mismo, que logra emanciparse de los
prejuicios, conforma un proceso lento y muchas veces tan doloroso como
fortalecedor. El duelo por la pérdida del que cada uno fue, del lugar
que se ha ocupado para la familia, los amigos y los espacios de
vivencias cotidianas es la amenaza más fuerte. La pérdida del
reconocimiento como sujeto válido por mostrar el costado que la
sociedad equivocadamente sanciona como perverso, es la jugada mayor
para muchos y muchas que en un acto ponen en tela de juicio un sistema
de vida que sostuvieron por años.
Al abrirse las puertas
de la subjetividad, los canales liberadores emergen como conquistas
del yo personal frente a la normatización que proviene del afuera.
Estas conquistas se representan en un cambio de piel, de ropaje y
sobre todo de carga. La elección de una posición sostenida desde los
fueros más íntimos implican actuar en consecuentemente, y también
conllevan una necesaria celebración por haber renacido de las
cenizas, por saber a nuestro muerto bailando, transcurriendo en un
mundo que no estaba preparado para él y que debe (re)construir
infinitamente.
Sin embargo, este
proceso, este paso hacia una instancia de circulación social
desconocida suele tener complicaciones relacionadas con los espacios
de sociabilidad del sujeto en cuestión. La soledad como amenaza y la
falta de actores que sirvan de soporte o sostén frente al peso del
cambio a través de grupos de contención y pertenencia son dos
variables generalmente presentes en este tránsito.
Un aspecto fundamental
pasa por reconocer que todo coming out es, en definitiva, un cambio de
información, de valoración de signos y de posicionamientos del yo
frente al colectivo social que detenta la norma a seguir. Una norma
social siempre parte del consenso de una supuesta mayoría que
establece un patrón de conducta o de ser determinado para el acceso a
un espacio de legitimación que suele ser regulado por las
instituciones. Una de las normas sociales más difundidas es lo que se
conoce como Heteronorma. Dicha norma es la construcción que hacen las
sociedades respecto de la heterosexualidad obligatoria y la correcta
manera de ejercerla. Así, no sólo un sujeto debe amar sujetos de su
sexo opuesto para acceder a terrenos de legitimidad y reconocimiento
como el matrimonio, la herencia o la paternidad, sino que además, la
heteronorma establece cómo se debe ser heterosexual. En este sentido
y yendo a un extremo, es que cualquier varón heterosexual que no siga
el perfil de semental donjuanesco será cuestionado por su entorno
tanto como cualquier mujer que no se parezca lo más posible a la
virgen María o a "la vieja" del tango con sus sacrificios,
modelos que por cierto nunca se van a alcanzar, claro está. Esta
norma como factor limitante, pretende borrar la subjetividad y las
particularidades de cada ser libre a fin de generar un estereotipado
modelo de sociedad en que se distribuyen los espacios de poder según
cómo responde cada persona a este modelo.
El muerto en nuestro
placard es tratado de olvidar, de esconder en el modelo
heteronormativo que lo convierte en amenazante para la moral de
cualquier "familia de bien". Así es que comienza a despedir
el hedor de su putrefacción, como todo aquello que se guarda
demasiado tiempo, y las moscas que nuestra sociedad le impone al
ponerse en movimiento para salir. Cuando empiezan a trazarse los
caminos, es cuando los nuevos aires diluyen aquello que estaba rancio.
Ese aire renovador limpia al sujeto y le quita esa ropa agujereada por
las polillas que habitaban el closet para vestirlo de fiesta, para
invitarlo a bailar, a armarse a sí mismo. En esa fiesta no faltarán
borrachos peleándose, vecinos quejosos, tentaciones imposibles de
rechazar, chamuyos, chusmeríos, abrazos, besos, escapadas, palmas
azules, la inminente posibilidad de sexo o de pasiones incontrolables
y todo esto sostenido por la música a tope y esa música es la que
marque nuestro ex muerto con el desarrollo de su nuevo ser.
Christian Ramos -
Estudiante de Letras
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