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En casa
como en la ruta
Tomado de Indymedia
Argentina. Por Proyectos 19/20 nro. 13
Conciencia
de género en las organizaciones piqueteras
“Vos a mí no me pegás
más. Yo soy un ser humano y me respetás, porque yo a vos te
respeto. Trabajo, salgo a la calle, hago piquete y me gano la
comida con mucha más dignidad que vos. Así que a mí no me
hacés más esto. Si no te gusta, vos te vas”, Rosa, del MTR,
a su marido. “Yo decidí salir. Primero no me interesaba la
política, pero cuando empezó a faltar, una ya la política
la tenía que ver por dentro. Él me decía que no salga, pero
yo le hacía entender: sola no voy a conseguir, hay que hacer
una multitud” , Graciela, de la CCC. “En las asambleas
queríamos hablar y teníamos que decirlo dos o tres veces
porque varones y mujeres comenzaban a cuchichear. También
está dentro nuestro el darle más valor a la palabra del
varón que a nosotras mismas, por una cuestión cultural que
desde el nacimiento siempre está la palabra del hombre antes
que todo” , Mónica, del MTD Almirante Brown. “Hoy estuve
haciendo la bandera de mi regional y él limpió el piso y
lavó los platos. Es difícil. Tenés que ir lento. Igual, si
los dos están en la militancia es todo un proceso. Hay que
poner mucha voluntad. Así como luchás en la calle, tenés
que luchar en tu casa” , Mariana, de la CUBa Capital.
Salieron primeras, pero
fueron invisibilizadas. Pusieron sus cuerpos en la ruta cuando
sus compañeros quedaron sin trabajo. Pelearon por comida, por
salud y dignidad, como diariamente lo hacían en sus hogares.
Y con lucha, organización y compañerismo, entre mujeres,
empezó un replanteo del lugar que ocupan: en la casa, en las
organizaciones y en el mundo.
”Hay compañeras que lo
cuentan en la asamblea: no pude ir al corte de ruta porque mi
marido me pegó, porque me encerró, porque dice: seguro vos
te vas a joder. Muchas pudieron atraer a sus compañeros y
ahora están los dos. A eso ayudó bastante lo nuestro con el
tema de las mujeres... porque vos viste que las primeras que
salimos fuimos las mujeres. Salimos por comida, puestos de
trabajo, por la salud... y eso generó situaciones muy
difíciles. Hasta muertes. Hubo maridos que no toleraron que
la mujer fuera a una reunión, a un corte. Eso pasó. No digo
que hoy no pasa todavía”. Gladys Roldán habló de un
tirón, pero se queda callada de repente, mientras el mate se
enfría entre sus manos. En el primer piso del refugio para
mujeres golpeadas que la Corriente Clasista y Combativa (CCC)
abrió a principios de 2004 en el barrio La Juanita, en
Laferrere, unos hilitos de sol entran por la ventana. Gladys
respira profundo y continúa:
-Te puedo contar de una
compañera que venía participando cuando éramos nueve
barrios, en 1996. La compañera era de acá, de La Juanita, y
se separó porque ya no aguantaba más. El marido estaba sin
trabajo, ella empezó a participar y él se enloqueció más,
le empezó a pegar. Se separan, él se va. A la madrugada
aparece, la ata y la prende fuego. La compañera murió. Él
no aguantaba que ella saliera.
-¿Por qué?
-Salir te cambia la vida.
Salir de las cuatro paredes,
de la cocina, de servir al marido y a los chicos. Salir de esa
sensación de “se va la vida, se va al agujero, como la
mugre en el lavadero”, que describe una vieja canción
feminista mexicana. En las organizaciones piqueteras el
setenta por ciento son mujeres. Desde el principio -aunque
siempre se habló de “los” piqueteros y “los”
desocupados- fueron cuerpos de mujer, curtidos en deberes y
cuidados, los que salieron a parar la olla, a hacer visible un
drama que deprimió maridos, desnutrió hijos, asesinó y
asesina. Desobedeciendo mandatos conyugales, salieron; para
seguir cuidando. Y en ese recorrido, no sólo pasaron de amas
de casa a reconocerse como trabajadoras desocupadas, sino que
comenzaron a replantearse el lugar de las mujeres en la propia
familia, en la organización y en el mundo.
“Salir es una revolución”,
dice Viviana, del Movimiento de Trabajadores Desocupados de
Lugano (en el MTD Aníbal Verón), al describir algo que no
ocurrió en un día, pero que para ella, 33 años, mamá de
cinco chicos y ama de casa desde los 16, ha sido un (feliz)
camino sin retorno: “Mi vida antes era levantarme a las
cuatro de la mañana, porque mi marido en ese tiempo tenía
trabajo; cuando él se iba era hacer las cosas de la casa
antes de que los chicos se levanten, prepararlos, llevarlos a
la escuela, volver, darles de comer, hacer la tarea, planchar
y no perderme ni una novela. Mi mundo eran Marimar, Thalía.
Después, él se quedó sin trabajo”.
En esos días de 2001 los
invitaron a una reunión de padres allí donde sus hijos iban
los sábados a apoyo escolar. Viviana fue. Le gustó y siguió
yendo. Hablaban de la desocupación, de los problemas del
barrio, de hacer algo entre todos. Cada sábado, su marido la
despedía con la misma frase: Te vas a perder el tiempo. Hasta
que armaron el MTD. Entonces, la vida de él cambió también.
“Antes, era un hombre muy
machista. Nunca cambió un pañal, jamás fue a buscar a los
chicos a la escuela –recuerda Viviana-. Incluso una vez yo
había conseguido un trabajo. Le digo: Leoznel, quiero ir a
trabajar. Me contestó: No. Así estemos pasando hambre vos no
vas a trabajar, ¿quién cuida a los nenes? Y vos -le digo-,
si vos no estás trabajando. Me respondió: Yo no voy a cuidar
los chicos”.
-¿Cómo fue que cambió?
-Y... el estar acá. Empezó
por un emprendimiento, y con el primer corte, se puso a full
con el MTD. Nosotros, los dos cambiamos. Ahora yo hago todo
así rápido, no es que no lavo, pero estoy en el área de
alimentación y tengo reuniones y vengo a cocinar. A la
mañana, si se me viene la hora me dice: “Dejá, dejá que
yo termino de repasar y andá”. Me acuerdo de antes
preguntarle hasta si me dejaba ir a lo de mi mamá.
-¿Y ahora?
-Hace poco me fui diez días.
Nunca me había ido sola a ningún lado. Fui a Córdoba, a una
capacitación en El Medanito. Mis hijos no querían que vaya.
Hasta el último día estuvieron con que no vaya. La nena dice
que quiero más al MTD que a ellos. Yo le explico que si papá
tuviera un trabajo digno... pero además, ni si tuviera. Me
gusta esto, es por mí y por el otro. Como decían en la
formación: para ser militante hay que estar bien segura y
consciente de lo que una quiere, si no no lo vas a poder
hacer.
-¿Quién cuidó a los nenes
esos días?
-El papá.
Los Encuentros de Mujeres
La primera vez que salió fue
ahí nomás, a unas manzanas de su casa. Graciela Cortés ya
había cumplido los cuarenta cuando aceptó enseñar costura a
otras mujeres desocupadas. “Sí, me traía problemas en
casa. A pesar de que limpiaba, cuidaba los chicos, hacía
todo, igual tenía problemas. Yo decidí salir. Primero no me
interesaba la política, pero cuando empezó a faltar, una ya
la política la tenía que ver por dentro. Él me decía que
no salga, pero yo le hacía entender: sola no voy a conseguir,
hay que hacer una multitud”. Graciela estuvo en el corte de
dieciocho días en Isidro Casanova con la CCC y se pregunta en
voz alta: “¿De qué me iba a servir obedecerle si igual nos
separamos? No me arrepiento. Hice cosas que antes no hubiera
hecho. Todo gracias a la máquina de coser y a los Encuentros
de Mujeres”.
-¿A los Encuentros?
-Ahí te va abriendo la
cabeza. Yo cambié en los Encuentros.
-¿Por qué?
-Ves cada mujer.
Hubo un tiempo en que a
Gladys Roldán le encantaba decir que formaba parte de la
Subcomisión de Damas de la comisión vecinal del asentamiento
María Elena (con los años, bastión de la CCC en La
Matanza). Le encantaba, hasta que fue por primera vez a un
Encuentro Nacional de Mujeres, en 1989. Durante un debate, una
mujer les preguntó: “¿Por qué son subcomisión? Ustedes
también pueden estar en la comisión directiva”. Una luz
cómplice brilla en los ojos de Gladys: “¡Te imaginás
cómo volvimos! Pateando tarros.” La discusión con los
hombres duró dos meses. Finalmente, todas se pasaron a la
comisión directiva y la subcomisión de damas -que en paz
descanse- se disolvió.
De toallitas y lavandina
En las organizaciones
piqueteras, son mujeres las que se ocupan de los comedores.
Mujeres son las que llevan adelante roperos y salitas de
primeros auxilios. Ellas son mayoría en las capacitaciones,
en los emprendimientos productivos. Y muchas tienen bajo su
responsabilidad la administración de los planes; algunas,
además, se sumaron a las tareas de seguridad (ver recuadro).
Sin embargo, recién últimamente -casi una década después
de la rebeldía primera- los petitorios incluyen, junto a la
leche y el azúcar, un elemento exclusivamente femenino:
toallitas higiénicas.
“¿Sabés cuántas mujeres
volvieron al pañito de tela, como en la época de nuestras
abuelas?”, pregunta María Laura Blanco, de la Coordinadora
de Unidad Barrial (CUBa) en La Matanza. En una compra, ¿qué
elegir? ¿lavandina o preservativos? “Porque –aclara- en
las salas del conurbano preservativos no hay”.
En el salón amplio de la
CUBa en el porteño barrio de Almagro, donde se reúne la
Comisión de Mujeres de la Asamblea Nacional de Trabajadores (ANT,
integrada además por el Polo Obrero y el Movimiento
Territorial de Liberación, entre otros grupos), María del
Carmen Martínez, del PO, añade: “La ANT tiene en su
programa la legalización del aborto y los derechos de los
grupos GLTTTB (Gays, Lesbianas, Travestis, Transexuales,
Transgéneros, Bisexuales). Para los trabajadores ocupados y
desocupados, tener el derecho al aborto legal implica
igualarnos en algún sentido, en materia de salud, a toda la
clase media y clase alta que se puede pagar determinados
abortos diferentes, sin el riesgo de terminar muertas o en
cana”.
¿Cómo estás hoy?
“El aborto es el método
anticonceptivo más habitual en los barrios: que me pongo la
sonda, las pastillas, los preparados, el té de ajenjo ahí
abajo”, enumera María Laura. En La Matanza, la CUBa empezó
a trabajar las situaciones de violencia porque el tema,
omnipresente, flotaba silencioso y duradero como el olor a
goma quemada: “El chabón por ahí gana cinco pesos arriba
del carro y porque trae la plata cree que tiene el derecho de
pegar a la mujer –dice Laura-. Hay cosas que dan mucha
impotencia. Así que nos juntamos a tomar mate, en talleres de
educación popular, haciendo juegos.
-¿Por ejemplo?
-Todas paradas en un banco
grande, te dan letras que arman la palabra “cooperativismo”;
si estoy en la punta, tengo que llegar a donde va la “C”
sin caerme del banco. Así vas empezando a desinhibirte, te
reís porque una que es gorda se cae del banco, porque todas
nos tocamos para pasar, mientras tomamos mate. Jugando,
avanzás en la charla: “Vos, ¿cómo estás hoy?”.
Conversaciones entre mujeres.
Íntimas y sentimentales. Transformadoras. Fue en esas charlas
-al principio coordinadas por la socióloga Graciela Di Marco-
que en el Movimiento Teresa Rodríguez (MTR) se empezó a
tocar el tema de la mujer golpeada. “Ha sido muy productivo
porque ahí muchas compañeras pudieron contar que son
violadas por sus propias parejas. Pudieron contar un montón
de cosas que de otra manera no lo hubieran sacado para afuera”,
dice Susy Paz, referente de Ezpeleta.
La tarde en que una chica
reveló su angustia profunda por el embarazo -ya muy avanzado-
que le hinchaba la panza, algunas se animaron a hablar de sus
abortos; otras respondieron que un hijo es una bendición, que
si no se lo acepta viene con resentimiento a la vida. El clima
era tenso. Hasta que una viejita propuso: “Armemos entre
todas un moisés para que nuestra compañerita no tenga ese
peso de decir viene y no tengo nada y yo no lo quería a este
chico, pero dadas las circunstancias lo tengo que tener”.
Ese día en el grupo empezaron a ver las necesidades de las
otras. Y a respetarse en sus diferencias.
Otra vez llegó a la reunión
una compañera que vivía con la cara marcada. Se habló de no
dejarse usar, del derecho a decir NO. La mujer escuchó y
escuchó. Al final, contó que el marido le pegaba porque ella
no quería tener relaciones. La siguiente vez, cuando él
quiso levantarle la mano, se defendió con un palo. Y le
habló, como nunca antes: -Vos a mí no me pegás más. Yo soy
un ser humano y me respetás, porque yo a vos te respeto.
Trabajo, salgo a la calle, hago piquete y me gano la comida
con mucha más dignidad que vos. Así que a mí no me hacés
más esto. Si no te gusta, vos te vas.
Rosa se separó. Y es una de
las militantes más activas de Ezpeleta.
Un piquete de
convencimiento
Lo personal es político. La
frase se hace acto en mujeres y varones, cuando el conjunto de
la organización defiende a una compañera. Y eso, algunas
veces, también sucede. Desde la zurrada y desalojo al
golpeador en un barrio de la Verón (célebre porque lo
mostró canal 13), hasta los piquetes de convencimiento del
Polo Obrero (ver nota siguiente), todos los agrupamientos con
los que proyectos 19/20 conversó para esta nota contaron
experiencias al respecto.
Una vez que la compañera se
larga a plantear lo que está viviendo –lo cual es poco
frecuente-, lo primero es hablar con el hombre que está
golpeando. En general, van varias mujeres juntas a hacerlo. Se
le plantea el sufrimiento de su esposa, se le cuenta sobre los
grupos para hombres violentos, se le insiste en que tiene que
hacerse atender. El objetivo: hacerle saber que su golpe ya no
es silencioso. Si continúa, la advertencia es bastante más
enérgica. Y, si esto no alcanza, un grupo lo expulsa de la
casa. En general, se trata de varones ajenos a la
organización.
Gladys recuerda a una mujer
que viajaba al taller hasta La Juanita, bastante lejos de su
barrio, mientras el golpeador seguía participando de las
asambleas y los piquetes como si nada. -¿Por qué no
resuelven allá? –le preguntó a la delegada de la zona.
-¿En serio, Gladys? ¿Yo puedo resolver? Porque a ése le
tengo unas ganas. -No pegándole... háblenlo en la asamblea.
En plena reunión, la
delegada planteó: “Todos tus compañeros y compañeras
sabemos lo que vos le hacés a fulana (la mujer tenía una
operación muy grande en la pierna en la que él le pegaba
piñas, además de cortarle el pelo a la fuerza), que es un
pedazo de pan, que está sola en Buenos Aires... ¿Sabés?
Ella no está sola, porque estamos todas nosotras: Vos la
llegás a tocar, vas a ver lo que te pasa”. Acto seguido, la
asamblea completa se trasladó hasta la casilla y, con pintura
blanca, marcaron una línea. De un lado la cama de una plaza
con los nenes, del otro la cama grande para el marido y la TV
en el medio. Él no tenía que pasar la línea.
Cuando callas te ves más
hermosa
Cuando un varón maltrata,
subestima, o decide por la mujer que está a su lado, hay
miles de años de patriarcado conduciendo ese machismo. Cuando
un varón no asume por igual las tareas de la casa ni cuidar
los hijos, se pisa el palito que hace siglos nos pone el
capitalismo: le obsequia al trabajador, empleado o desocupado,
una propiedad para que actúe como patrón: “su mujer”.
Por eso, muchas organizaciones feministas plantean que hace
falta modificar (también) las relaciones en la pareja para
lograr el cambio social. Pero lo invisible y arraigado de este
mecanismo, hace tan difícil –para varones y mujeres-
hacerle frente.
-¿Los compañeros participan
del trabajo sobre violencia?
-Muchos piensan que es un
problema privado –responde Gladys-. Algunos nos apoyan. Juan
Carlos (Alderete) también, fue mejorando cada vez más.
Porque él decía “las va a agarrar el tipo y qué van a
hacer”. Tenía miedo que alguno salga con un arma, después
se la fue aguantando. Pero bue... está mejor. Antes no:
siempre esos chistes.
-¿Qué chistes?
-“Aaaaaaaah, los varones
también somos golpeados y nadie se ocupa de nosotros”.
-¿Ustedes contestan?
-No es tan fácil, te meten
de chiquita lo que podés y lo que no. Las mujeres que
tuvieron que salir, les costó muy caro. En el movimiento de
desocupados al que toma o roba se lo sanciona, pero al que
golpea no. Estamos en eso.
María del Carmen Martínez
revela algo similar: “Aspiramos que en nuestras
organizaciones los golpeadores no puedan ser dirigentes ni
integrar ninguna función de dirección. En el Partido Obrero,
el que golpea a la mujer queda afuera. Esto en los Polos no es
tan fácil”. En el Movimiento Teresa Rodríguez los talleres
de mujeres comenzaron por iniciativa de la dirigencia
masculina, a raíz de que en la devolución de un largo
trabajo conjunto unas holandesas les señalaron que en la
organización veían “mucho machismo”.
“Andan con ganas de
agrandar la cocina”, “ahora hay reuniones de tapers”,
fueron las bromas en la Verón cuando comenzó la asamblea de
mujeres. Al lado del horario, alguien escribió “vayan a
lavar los platos”. En los plenarios en el Puente Pueyrredón,
las mujeres descubrieron que el miedo a molestar al
compañero, miedo a una respuesta agresiva, miedo al ridículo
hacen que sea más fácil poner el cuerpo que la palabra. Sin
embargo, siempre hay que volver a explicar a algún compañero
por qué aún no es momento de que los temas de género se
trabajen en grupos mixtos. Mónica, de 22 años, integrante
del MTD Almirante Brown, aclara: “Lo que nos aporta a la
mayoría de las mujeres el MTD es el participar, que vos
también tenés palabra, aunque hay que lograr que te escuchen
los compañeros”.
-¿A qué te referís?
-En una asamblea, cuando
habla un compañero es: “atención, está hablando el
compañero”. Y a nosotras nos pasaba que queríamos hablar y
teníamos que decirlo dos o tres veces porque varones y
mujeres comenzaban a cuchichear. También está dentro nuestro
el darle más valor a la palabra del varón que a nosotras
mismas, por una cuestión cultural que desde el nacimiento
siempre está la palabra del hombre antes que todo. Entonces
los compañeros no te escuchan o te cargan mientras hablás, o
algún tipo de boludez. Así una tiene que hablar fuerte:
estoy hablando.
Luchar, en la ruta y en
casa
“Mujer, si te han crecido
las ideas / de ti van a decir cositas muy feas / que, que si
tal cosa / que cuando callas / te ves mucho más hermosa”,
dice una guajira. Al salir a la ruta, el cuerpo se va abriendo
con nuevos saberes. Participar de organizaciones que buscan
cambiar el mundo, lleva a revisar la propia vida. Y eso, es
una revolución.
En un proceso acelerado y
dramático cuando el varón se opone al camino que inicia su
pareja, el replanteo también emerge cuando no hay golpes y
ambos son militantes. “No es que los dos militamos y nos
entendemos”, señalan las compañeras. No.
Escenas de la vida cotidiana:
ambos van al piquete, pero cuando llegan a casa, él se
sienta, descansa y ella –que también estuvo todo el día en
la calle- tira los palos, la bandera y ya está: cocinar,
limpiar, bañar hijos. O hay una movilización y él decide:
“Yo voy a la marcha, a los chicos los cuidás vos”. Aunque
para ella también sea importante ir a la marcha. A Mariana
Zárate, militante de base de la CUBa Capital, al principio le
pasaban estas cosas con su marido, a pesar de que él hace
rato que es militante. Que sí, que no, para que la pareja sea
armónica empezaron a compartir. “Hoy, por ejemplo, yo
estuve haciendo la bandera de mi regional para estrenarla en
la marcha del viernes y él limpió el piso y lavó los platos
–cuenta-. Es difícil. Tenés que ir lento. Igual, si los
dos están en la militancia es todo un proceso. Hay que poner
mucha voluntad. Así como luchás en la calle, tenés que
luchar en tu casa”.
Mujeres en la seguridad
Es distinto ser varón que
mujer dentro de una organización de trabajadores y
trabajadoras desocupadas. Esto se ve claramente en los grupos
de trabajo: obra, compañeros; cocina y guardería,
compañeras. Las divisiones de roles reproducen la división
sexual del trabajo naturalizada en el resto de la sociedad. Y
eso se cambia con discusiones. El año pasado, por ejemplo, en
los MTD Aníbal Verón las mujeres lograron que el área de
voceros sea mixto. Tal vez donde más visible se hace el peso
de las discusiones en torno a los roles es en el crecimiento
de los cuerpos de mujer en la seguridad, durante las
movilizaciones. Mónica, del MTD Almirante Brown, revela que
después de la masacre del 26 de junio de 2002 en Puente
Pueyrredón, al interior de la Verón se barajó la
posibilidad de que las compañeras no estuvieran más en esa
tarea. “No estuvimos de acuerdo. Dimos la discusión y ahora
mujeres y hombres hacemos la seguridad”.
Analía, del cabildo de
Ezpeleta, fue la primer mujer en integrar la Mesa de Seguridad
del Movimiento Teresa Rodríguez (MTR). “Yo pedí estar en
la Mesa, porque me siento capacitada para eso”, dice esta
mujer de 40 años, alta y de voz firme. Su compañera, María
Ledesma, de 39 años, es menudita y se sumó a la seguridad
porque faltaba gente y la mayoría de los varones de su
cabildo no querían hacerla. Las tareas son: ver que no haya
infiltrados, que nadie tome alcohol durante la movilización y
que no se salgan de las columnas. Además, cuidar que ningún
compañero responda los insultos de la gente que pasa por la
calle, ni a las provocaciones de la policía.
“ A tener a la policía
enfrente ya nos acostumbramos. No me da miedo –dice María-.
Con muchos nos miramos a la cara y ya nos reconocemos, porque
ellos ponen los mismos y nosotros también”. En esos
momentos, para Analía lo más difícil es aguantarse la
bronca. “Te provocan constantemente, para ver la reacción
tuya. Te tenés que controlar a vos misma y a la gente que
está atrás tuyo, cantando y saltando. Si se da una
situación de represión, nosotras no tenemos que correr,
tenemos que quedarnos para que los compañeros y compañeras
puedan retirarse. Esa es la adenalina”.
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