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Modelos para armar
Fuente: Las 12, viernes 22
de abril de 2005
Subnota:
¿Qué
se elige cuando se elige el sexo?
La técnica para determinar
el sexo aun antes de concebir a un hijo o hija ya están
disponibles. En Inglaterra esta posibilidad está autorizada
por ley. En Argentina, la falta de legislación habilita a los
profesionales y a quienes lo demandan a decidir si arman o no
un modelo a su medida. Una encuesta nacional advierte: poco
más del 40 por ciento de los consultados quisiera elegir el
sexo anticipadamente. Tres cuartos de este total optarían por
un varón. ¿El futuro ya llegó?
Por Luciana Peker
Escena I: los nenes con los nenes. El papá se levanta a la
noche a calmar a su bebé (nene) que está llorando y le dice:
“¡epa! ¡epa!, bebé, ¿un torito como usted llorando?,
¿por qué va a llorar?, ¿y ahora de qué te reís, caradura?
¡Cómo te gusta trasnochar, eh!
Escena II: las nenas con las
nenas. La mamá se levanta a la noche a calmar a su bebé
(nena) que está llorando y le dice: “No llore, princesita,
acá está mamá para cuidarla... pobrecita... ella es muy
chiquitita, ¿no? ¡Qué buenita! ¡Qué mimosita!”.
Un escenario celeste y rosa.
Las escenas son de la vida real, pero fueron plasmadas por
Maitena para la campaña de Unicef “Equidad de género desde
la infancia, todos los derechos para niñas, niños y
adolescentes”. La desigualdad de género sub 0 –desde los
primeros momentos de vida– continúa aquí y ahora (no la
borra el progreso) y en algunos aspectos es más fuerte en la
primera infancia que en la adultez (muchos hombres pueden
ponerse una camisa rosa para ir a trabajar, pero como padres
nunca se les ocurriría ponerle un osito rosa a su hijo
varón; muchas mujeres pueden manejar un auto, pero como
madres nunca se les ocurriría comprarle autitos a su hija
mujer), por ejemplo. Además, en otros países, como China y
la India, no es sólo una discriminación simbólica sino un
acuciante problema de derechos humanos en donde los abortos
selectivos de nenas llegan a modificar la paridad poblacional.
Pero estas diferencias en los
deseos de tener un hijo mujer o varón son hoy más relevantes
que nunca porque los avances científicos vuelven a arrinconar
a la sociedad en un nuevo dilema ético. Las innovaciones en
los métodos de fertilización asistida permiten, actualmente,
seleccionar el sexo de los bebés. ¿Los padres tienen
derecho, entonces, a disponer de este avance? Sí, según el
Comité de Ciencia y Tecnología de la Cámara de los Comunes
del Reino Unido, en el que participan diputados de todos los
partidos, y que recomendó, a finales de marzo, al Parlamento
británico que los padres que se realizan tratamientos de
fertilidad tengan derecho a decidir el sexo del embrión que
se van a implantar.
“Hay pocas evidencias sobre
un desequilibrio en la sociedad si se permite a los padres
elegir el sexo del niño”, señaló un miembro del comité
al diario The Daily Telegraph.
“La selección de sexo se
puede realizar mediante una técnica llamada Biopsia
Preimplantacional (PGD), por la que se extrae una célula del
embrión y en algunas horas se puede obtener información
sobre su sexo y sobre algunos de sus cromosomas. Luego los
embriones se transfieren alútero”, explica Ramiro Quintana,
subdirector del Instituto de Fertilidad (IFER).
En Argentina también se
puede
No es extraño que este debate parlamentario se dé en Gran
Bretaña, ya que ellos llevan la punta de lanza en temas como
la clonación terapéutica. Pero lo que ellos discuten, en
otros países, directamente se hace. En la Argentina no hay
ley ni regulación estatal sobre fertilización asistida. Sin
embargo, mientras el Estado y el Congreso miran para otro
lado, las técnicas avanzan y los límites sólo los ponen los
frenos de los profesionales que eligen decirle que no a un
cliente, según sus propios criterios éticos.
“Tuvimos el caso de una
familia de origen turco, sin hijos aún, que consultaron por
selección del sexo porque sólo querían hijos varones. Me
negué a hacer el tratamiento porque estaba presente una
suerte de discriminación”, cuenta la médica Andrea Marazzi,
especialista en medicina reproductiva y experta en bioética,
que desnuda una realidad asombrosa.
Ante el vacío legal, la
selección de sexos no está prohibida y queda a criterio de
los profesionales si aplicarla o no. En general, se considera
aceptable elegir un embrión masculino o femenino cuando esa
decisión puede evitar una enfermedad. Quintana específica:
“El origen y motivo del diagnóstico de sexo se basó en las
enfermedades que se transmiten ligadas al sexo, como la
enfermedad de Duchenne-Becker (la padecen 1 de cada 3000
varones y puede llevar paulatinamente de la parálisis a la
muerte), la hemofilia, algunas anemias hemolíticas, el
síndrome de Lesch-Nyhan (la padecen 1 de cada 10 mil varones
que sufren convulsiones y automutilaciones en la segunda
década de la vida), entre otras”.
Pero hay otros casos más
polémicos. Por ejemplo, Andrea Marazzi justifica esta
técnica en los denominados casos de “balance familiar”.
“Estoy de acuerdo ene la selección de sexo para familias
con varios hijos del mismo sexo en donde los padres desean un
hijo del sexo minoritario –polemiza–, pero no significa
que se ofrezca el tratamiento de manera abierta a todas las
parejas, sino puntualizando bien el caso y entrevistando a la
familia”.
Con otro punto de vista,
Claudio Chillik, presidente de la Sociedad Argentina en
Medicina Reproductiva, enfatiza: “La realización de la
selección embrionaria por el sexo únicamente para satisfacer
el deseo de los padres no es considerado éticamente apropiado
para la mayoría de los centros de reproducción en la
Argentina y en el mundo. En la Argentina aún no hay
legislación al respecto, pero los proyectos existentes
todavía no permiten el diagnóstico de sexo del embrión por
motivos no médicos”.
El 30 por ciento quiere que
la partera grite machito
¿Son justificables estos casos? ¿Los padres tienen derecho a
elegir el sexo de sus hijos? ¿Si hubiera libertad de
elección del sexo de los hijos, las mujeres seguiríamos
siendo la mitad de la población o terminaríamos pidiendo
cupo femenino en las maternidades?
El 22 de marzo, la consultora
D’Alessio Irol preguntó en la encuesta del portal
Clarín.com: “Si pudiera elegir el sexo de sus hijos, ¿por
qué optaría?”. El 58 por ciento de los encuestados dijo
que preferiría no elegirlo; el 30 por ciento, que elegiría
un varón y el 12 por ciento, que optaría por una mujer. Si
bien hay que aclarar que esta consulta fue realizada por
Internet, la contestaron 22.386 personas, por lo que resulta
válida para medir el termómetro social con respecto al deseo
del sexo de los hijos. Y ese termómetro arroja que, si
pudieran elegir, 3 de cada 10 argentinos prefieren tener un
varón. Nora D’Alessio, la socióloga que realizó la
encuesta, analiza: “A pesar de que 6 de cada 10 consultados
prefieren no intervenir en el curso de la naturaleza, también
perdura otra tradición cultural, que es la de, si se puede,
optar por un varón. El machismo aparece en 3 de cada 10
consultados, no es tanto si uno piensa que estamos en un país
formado básicamente por dos naciones donde aún hoy el
nacimiento de un varón puede ser más celebrado que el de una
mujer, España e Italia”.
¿Poco o mucho? Los
resultados en la opinión pública muestran que el impacto
cultural del machismo sigue ejerciendo presión en el deseo de
los padres y que, por tanto, no se está exento de riesgos de
discriminación ante una hipotética elección del sexo de los
hijos.
Pero hay otra pregunta de
fondo: ¿por qué continúa vigente todavía el deseo de tener
hijos varones? “Esta tradición tiene su origen en la
necesidad de contar con brazos más jóvenes en las labores de
la tierra, en tanto que las mujeres hemos sido consideradas,
por siglos, como una boca más para alimentar y sin fuerza
suficiente para ganarnos el pan con el sudor de la frente”,
enmarca D’Alessio. Por su parte, el psicoanalista infantil
Juan Carlos Volnovich apunta: “Hay dos motivos: por el
narcisismo de los padres y para satisfacer sus deseos
amorosos. En una sociedad patriarcal, se supone que los
varones son más generosos a la hora de aportar satisfacciones
a la autoestima; se supone que son fuente de orgullo, de
gratificaciones vanidosas tanto como las niñas se instalan en
el lugar de producto devaluado. En una sociedad que
discrimina, donde algunos tienen privilegios que les son
quitados a otros, en una sociedad donde se sabe que blanco
vale más que negro, que rico vale más que pobre, que varón
vale más que mujer, no es extraño que los padres pueden
anticipar que a un hijo varón le será más fácil la vida,
gozará de privilegios que le estarán vedados a su hija mujer”.
Ana Vásquez, licenciada en
Letras, de 40 años, con una hija –Soledad– de 18, se
sincera, en este sentido: “Cuando estaba embarazada yo
decía que quería un varón porque es más fácil la vida
para los varones. Y porque el mensaje que uno, como padre, le
tiene que dar es sencillo: ¡a triunfar!, ¡a triunfar! En
cambio, a las niñas hay que decirles “¡a triunfar! (pero
que no se note)”. Aunque, por supuesto, cuando nació
Soledad y me la pusieron en el pecho en la sala de parto y la
oí respirar se me caían las lágrimas de la emoción”.
La ecografía del imaginario
sexual
En todo caso, el debate sobre la elección del sexo de los
hijos despierta la importancia de pensar sobre el deseo –se
concrete o no– del sexo de los hijos. Después de las dos
rayitas del Evatest, la pregunta siguiente es ¿qué querés?,
¿nena o nene? La pregunta es inevitable y repercute en la
historia familiar, los estereotipos de género, el sexismo
asumido o sin asumir, las pautas sociales (a veces por
mandatos y, otras, en contramano de esos mandatos). Como sea,
pero la pregunta sobre el sexo se expande por la embarazada,
su compañero, su familia y allegados. La pregunta ¿nene o
nena? renueva y potencia todos los atributos asignados –real
o imaginariamente– a lo que significa ser mujer o ser
varón. Esa pregunta busca, generalmente con ansiedad,
encontrar en la ecografía una vagina o un pene como respuesta
para saber qué nombre poner, qué ropa comprar, qué hijo/a
imaginar.
Patricia González, profesora
de natación de 36 años, mamá de Leandro, de un año, cuenta
todo el movimiento interno y externo alrededor del sexo de su
hijo (cuando todavía no se sabía que era hijo): “Yo
quería una nena. Creo que tengo el modelo inverso al
prejuicio clásico: las mujeres somos más fuertes, nos
sabemos arreglar solas... un varón siempre me parece más
desvalido, o que no deja de ser chico nunca. Supimos que era
varón en la semana veinte, la pistolita se vio clarita en la
ecografía. Obvio quedesde que nació Leandro se me cayó la
estructura. Y sí... la cosa que te agarra cuando te mira como
si fueras Dios no se puede comparar”.
Ricardo Mosso, periodista y
papá de Fátima, de 5 años, y Valentín, de un mes, también
prefería tener una o más hijas. “En realidad, alguna vez
soñé –en forma más bien platónica– con tener tres
nenas –confiesa– simplemente porque me gustan los mimos.
Aunque mi suegro y la abuela de mi mujer siempre dicen que
quieren varones como nietos. Ahora a mí con Valentín me
parece bárbara la idea de que, de alguna manera, nos ‘complemente’
la experiencia que ya tuvimos de criar una hija con la de
tener un varón”.
Ese ideal del complemento o
“la parejita” de la familia tipo mamá-papá-nene-nena no
es sólo una postal de McDonald’s o las declaraciones de
Valeria Mazza, con tres hijos varones –que dice que va a
seguir intentando hasta que consiga a la nena– o de Diego
Maradona cuando, todavía casado con Claudia, insistía en que
quería buscar el varoncito. A Costanza Martínez, analista de
sistemas y mamá de Malena y Luciana, dos mellizas de 5 años,
le parece una cuenta pendiente tener hijos de diferentes
sexos. “A mí me hubiera gustado tener un varón porque
tenía ganas de atravesar las experiencias distintas de criar
un hijo y una hija. Y también creo que debe haber influido
que yo tuve una muy buena infancia compartida con mi hermano
y, quizás, soñaba con repetir ese modelo.”
María Kearney, profesora de
historia y mamá de Francisco, de 6 años, puede contar y
revisar su historia: “En mi familia rige el matriarcado,
así que todos querían que naciera una nena, incluido mi
papá y mi pareja, varón moderno, para no cargar con la
responsabilidad de la imagen masculina y tener una nenita que
esté enamorada de él. En el resto, el comentario solía ser
‘las nenas son más habladoras, te cuentan más, se portan
mejor’. En realidad, a lo mejor, también es machismo porque
esa preferencia se basa en que las nenas son más buenitas y
traen menos problemas que los varones”.
¿Nene o nena? ¿Celeste o
rosa? La diferencia cromática es –con los escarpines como
estandarte–, la primera –y tal vez más simbólica–
escarapela de la diferencia entre sexos.
El futuro trae nuevos
debates, sin dar tiempo a terminar de borrar viejos
prejuicios. Por ahora, la ecografía de la sociedad sigue
mostrando los latidos del sexismo.
¿Qué
se elige cuando se elige el sexo?
Nota madre:
Modelos para armar
Por Eleonor Faur *
La pregunta sobre la elección del sexo de hijos e hijas nos
remite a una cuestión anterior: ¿qué se elige cuando se
elige el sexo? Si pensamos el tema con este enfoque, la
cuestión cuantitativa (si es mayor el porcentaje de hombres y
mujeres que prefieren un hijo varón, o si la mayoría no
tiene preferencia específica) abre espacio a una mirada
cualitativa: ¿qué esperan los padres y madres cuando desean
una niña o un niño? Esta pregunta también puede reeditarse
alterando los verbos en cuestión: ¿qué desean los padres y
madres cuando esperan una niña o un niño? Es allí donde,
más allá de hacia dónde apunten las preferencias, se
aprecia que las imágenes tradicionales de género entran a
jugar con toda su fuerza.
Podremos escuchar a un hombre
decir “mejor un varón, para que sea mi compañero de
aventuras”, o bien “prefiero una nena, porque son más
dulces, más cariñosas”. Podremos escuchar a una mujer
optando por varón o por niña con estereotipos igualmente
arraigados: “Las hijas mujeres siempre te van a cuidar”, o
“los varones son independientes, pero tienen debilidad
porsus mamás”. Y así, la pregunta por la elección del
sexo de los hijos adquiere otra dimensión cuando aparecen las
causas de tal elección.
Por otro lado, una vez
conocido el sexo de un bebé en gestación, distintos son los
significados que se otorgan a los más mínimos datos. Así,
por ejemplo, las “patadas” de un varón denotan las de un
futuro futbolista; las de una nena, las de una probable
bailarina. La forma de las “panzas” también conllevan los
más rústicos significados de la mitología sobre el género:
puntiagudas (intrépidas), en el caso de los varones;
circulares (contenedoras), en el de las niñas. Y así, la
construcción de los sujetos en términos del género comienza
en el mismo instante en que padres y madres depositan
expectativas diferenciales en un bebé que se está gestando.
Y, mientras en la vida adulta, los roles y responsabilidades
de hombres y mujeres se encuentran continuamente interpelados,
y la igualdad de derechos se encuentra consagrada en la
normativa nacional e internacional, la transformación de las
imágenes de género no será completa mientras no alcance a
cuestionar estas “bien intencionadas” expectativas que nos
preceden desde antes de nacer y que, probablemente, nos
acompañen en el transcurso de toda la vida.
* Socióloga y consultora de
Género de Unicef en Argentina.
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